El olor del Kong: qué revela su química y cómo puede influir en el entrenamiento canino

El Kong no es un objeto olfativamente neutro. Un estudio que analiza qué compuestos libera, las diferencias entre colores y qué implicaciones podría tener esto en el entrenamiento de perros detectores

En un episodio del podcast K9s Talking Scents, del canal Ford K9, Cameron Ford habla con la investigadora Paola Tiedemann sobre un tema que, a priori, parece muy básico pero que abre bastantes más preguntas de las que parece: el olor de los Kongs y si eso puede influir en cómo trabajan los perros con ellos.

La idea no es hablar de “adicción” como tal, sino de algo mucho más interesante en el fondo: qué llevan realmente estos juguetes a nivel químico y si eso puede estar afectando a la forma en la que los perros los perciben.

El Kong como herramienta de iniciación en detección

El tema no surge por casualidad. Desde hace años existen sistemas de entrenamiento para perros detectores operativos que utilizan el Kong durante las primeras fases de formación. La idea es aprovechar el alto valor que suele tener este juguete para muchos perros y construir sobre él la motivación, la búsqueda y el marcaje antes de pasar progresivamente al olor objetivo real.

Esta metodología tiene defensores y detractores. Sus partidarios destacan que permite desarrollar perros muy motivados y con una gran intensidad en la búsqueda. Sus críticos, en cambio, advierten del riesgo de que el perro genere asociaciones demasiado fuertes con el propio material utilizado durante el aprendizaje.

Precisamente por eso resulta tan interesante la investigación presentada por Paola Tiedemann y comentada junto a Cameron Ford. Si los Kongs poseen un perfil olfativo característico, e incluso diferente según el color, surge una pregunta lógica: ¿qué papel puede estar jugando realmente ese olor durante el proceso de aprendizaje?

Kongs nuevos… y nada tan “neutro” como parece

El estudio parte de algo muy sencillo: Kongs nuevos, recién sacados de la caja, sin uso, sin saliva, sin nada. Tres colores: negro, rojo y azul. Y lo que se busca es bastante directo: ver qué compuestos liberan al aire, es decir, qué olor real tienen desde el minuto uno.

Aquí ya aparece la primera sorpresa: no huelen todos igual.

Los resultados muestran diferencias claras entre colores: El Kong negro es el que más compuestos libera, después el rojo, y el azul es el más “suave” en ese sentido.

Pero lo más interesante no es solo la cantidad, sino el tipo de compuestos: no son iguales entre colores. Cada uno tiene su propio perfil químico bastante diferenciado.

Y luego hay un compuesto que aparece en todos: el decanal. Este está por todas partes en realidad, en plantas, alimentos e incluso en compuestos relacionados con olor humano.

¿Esto significa algo para el perro?

Aquí es donde hay que ser prudente. Se abre una hipótesis bastante lógica, pero que no está demostrada: que algunos de estos compuestos puedan resultar familiares o atractivos para el perro y, por tanto, influir en cómo interactúa con el Kong.

Pero de ahí a hablar de adicción hay un mundo. De hecho, el propio estudio deja claro que es preliminar. No hay una conclusión cerrada sobre comportamiento, ni mucho menos sobre efectos directos en la motivación del perro.

Lo que cambia todo: el uso real

Otra cosa importante es que todo esto se ha hecho con Kongs nuevos. Y cualquiera que trabaje con perros sabe que un Kong en la vida real no dura mucho “limpio”.

En cuanto entra en juego:

  • lo manipula el guía
  • lo muerde el perro
  • se empapa de saliva
  • se desgasta el material

Y todo eso cambia el olor bastante más de lo que pensamos. Así que lo que vemos aquí es solo la foto inicial, no la película completa.

Implicaciones en entrenamiento… y en lo operativo

Aquí es donde el debate se vuelve más interesante.

En el trabajo de detección, los Kongs se usan a veces como reforzadores o herramientas de motivación. El problema potencial es que un perro pueda crear asociaciones demasiado fuertes no solo con la recompensa, sino con el propio objeto o su olor. Eso podría llevar, en algunos casos, a generalizaciones no deseadas.

Experiencia práctica en campo

En paralelo a estos resultados, he contactado con David Rodríguez, de Rock a Dog, un profesional con amplia experiencia en la detección del Kong, que aporta un dato interesante desde la práctica.

Según su experiencia, en sesiones de entrenamiento han colocado trozos de Kong de otros colores diferentes al rojo (el que se utiliza en detección), y los perros no han mostrado marcajes ni respuestas diferenciadas hacia otros colores que no fueran los asociados al entrenamiento.

Esto introduce un matiz importante: en condiciones de trabajo real, la generalización o diferenciación de estos estímulos no siempre se comporta de forma tan marcada como podría sugerir un análisis químico aislado.

El punto más delicado: el contexto legal

En el vídeo también se menciona un aspecto importante desde el punto de vista operativo.

En escenarios judiciales, especialmente en EE. UU., podría cuestionarse si un perro ha desarrollado un sesgo de entrenamiento. Es decir, si su respuesta está influida por asociaciones previas con objetos o materiales concretos utilizados en el entrenamiento, como los Kongs.

Esto no significa que el uso de Kongs sea ilegal ni que invalide automáticamente ningún trabajo, pero sí que, en un contexto legal, una defensa podría intentar argumentar que una alerta no es completamente “neutral” si existe ese tipo de asociación.

Es un planteamiento teórico, pero suficiente para que algunos equipos operativos lo tengan en cuenta a la hora de diseñar su entrenamiento.

Al final, cada guía/unidad decide

En el mundo del perro no hay una única forma de hacer las cosas. Hay guías que usan Kongs sin problema y otros que directamente los evitan por este tipo de riesgos.

Y probablemente lo sensato está en el punto intermedio: saber qué estás usando, por qué lo usas y qué posibles efectos secundarios puede tener en tu propio sistema de trabajo.

Conclusión

Este estudio no demuestra que los Kongs sean adictivos ni mucho menos. Pero sí deja algo claro: no son objetos neutros a nivel químico. Tienen olor. Y además no todos huelen igual.

A partir de ahí, lo interesante no es sacar una regla universal, sino entender que incluso cosas tan “normales” en el entrenamiento pueden tener matices que afectan al perro más de lo que solemos pensar.


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